Rubén D. Atahuichi López
Los dichos de las últimas semanas entre distintas autoridades de Chile y Bolivia me hicieron recuerdo —lo escuché de chico— a un improperio diplomático de hace tres décadas, que fue más allá del “carajazo” de Eduardo Abaroa.
El jefe y almirante de la Armada chilena José Toribio Merino, entonces miembro de la Junta de Gobierno de Augusto Pinochet, se mandó una perla en las discusiones diplomáticas sobre la demanda marítima boliviana: “Bolivia nunca tuvo mar. Sus habitantes son auquénidos metamorfoseados que aprendieron a hablar”.
Esa vez no ha causado más que indignación entre las autoridades y el pueblo bolivianos. Para entonces, ni pensar —como ahora— en el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Chile y Bolivia, ni guardar los equilibrios verbales. Las discusiones diplomáticas siguen siendo una farsa, a pesar de que ciertos analistas o ex cancilleres reclaman prudencia.
Más tarde, en enero de 2004, en la Cumbre de las Américas de Monterrey, los presidentes Carlos Mesa, de Bolivia, y Ricardo Lagos, intercambiaron más que ceños fruncidos en el foro. “Con Chile tenemos paz, pero no amistad”, arengó el boliviano. Y el chileno se enojó: “Si de diálogo se trata, ofrezco relaciones diplomáticas aquí y ahora”.
¿Relaciones diplomáticas sin mar? ‘Anda a tomarle el pelo a tu abuela’, habrá jugado en su mente Mesa.
Ahora, siete años después, ni Sebastián Piñera ni, mucho menos, Evo Morales guardan la compostura verbal. En sus formas más diplomáticas, sus declaraciones denotan, pues, otro carajazo, que han sido recurrentes desde incluso antes del 23 de marzo, cuando el Presidente de Bolivia, en un discurso muy cordial, anunció el cambio de estrategia en la demanda marítima boliviana.
En su informe del 22 de enero, Morales dijo con cierta sorna una frase alusiva al territorio del Litoral de 120.000 kilómetros cuadrados que en 1879 perdió Bolivia, a semanas de la reunión de cancilleres en La Paz: “Atacama era antes de Bolivia, esperamos recuperarlo pronto”. Al día siguiente, Piñera devolvió gentilezas: “Atacama es y va a seguir siendo chilena, con soberanía chilena, y eso nunca ha estado ni va a estar en las conversaciones con Bolivia”.
Sin embargo, el cruce verbal fue más latente desde el 23 de marzo. Piñera, en consecuencia con la política exterior de su país, decía sin desparpajo en varias ocasiones que la soberanía que demanda Bolivia no está en debate, como el Tratado de 1904, al mismo tiempo de instar al diálogo bilateral. Al otro lado, Morales planteaba soberanía y multilateralidad.
El 1 de abril, el Presidente de Chile, fue frontal: “Ellos (los bolivianos) pretenden algo que es imposible”. Y un día después, su par boliviano, en Charaña (en el mismo lugar del mítico abrazo de Pinochet y Banzer en 1975), respondió: “Que nos digan desde Chile que es imposible hablar, dialogar sobre soberanía, se equivocan. Eso se llama ignorancia, eso significa no tener sentimiento, eso significa que hay que enclaustrar a un pueblo”.
Columna publicada en La Razón
martes, 12 de abril de 2011
martes, 29 de marzo de 2011
Ante el mar, las miserias bolivianas
Rubén D. Atahuichi López
Columna publicada en La Razón
El país todavía masculla el giro que causó el 23 de marzo el discurso del presidente Evo Morales. Muchos dicen que fue un despropósito y otros se alegran por el paso que dio el mandatario ante las “sonrisas” en el otro lado –de Michelle Bachelet, primero, y Sebastián Piñera, después— que caracterizaron su relación con Bolivia en el último lustro.
En la lógica popular, el Jefe de Estado estuvo acertado en su anuncio de acudir a tribunales internacionales para resolver el viejo litigio con Chile. Es que –se dice— un gobierno no puede pasarse años y años, y cinco en el último tiempo, charlando y charlando con su vecino, a título de tender puentes de confianza.
Aunque lo dicho por Morales el Día del Mar sorprendió al mundo, su discurso se veía venir. Si antes fue muy cauto, y hasta se mostró amigable (el baño de popularidad en Chile y la solidaridad en la salida de los 33 mineros), en los últimos meses dio señales claras de un batacazo en las conversaciones con Chile. Claro, no lo percibimos ni con el olfato periodístico.
Primera señal. ¿A título de qué el cónsul Walker San Miguel dijo que estaba preparando su vuelta al país para marzo? No fue casual la declaración del representante nacional en Santiago, aunque el canciller David Choquehuanca entonces se haya expresado sorprendido. Lo dicho por el Cónsul anunciaba ya la creación de un ente como el ahora se conforma para la causa marítima y, consiguientemente, el tan debatido golpe de timón.
Segunda señal. El 17 de febrero, Morales expresó, aunque de manera cauta, su preocupación por la falta de una propuesta de parte de Chile, a años de la instalación de la agenda de 13 puntos, entre ellas la demanda marítima. “(…) y para el 23 de marzo voy a esperar una propuesta concreta que sea una base para debatir”, dijo.
Y el 23 de marzo, esas señales le dieron el giro a la estrategia boliviana, con los argumentos ya conocidos. Ahora, el debate es sostenido, mientras el Gobierno estructura una justificación con base en consensos sociales y políticos, y jurídicos, en los que deberían participar todos. Así, la administración de Morales incluso debería invitar a expertos en el área, ex diplomáticos y ex presidentes, sin distinción ni discriminación ni cálculos políticos.
Uno que aparentemente no se brinda ni se excusa es el ex presidente Carlos Mesa, que al día siguiente del anuncio presidencial aplaudió la decisión gubernamental sobre la disposición del diferendo a “un escenario multilateral”. Juan Del Granado, ahora opositor al Gobierno, también expresó su respaldo a la propuesta, de la que dijo que “es correcta”.
Sin embargo, quienes actuaron de manera opuesta, y sin propuestas alternativas, fueron los de la oposición en la Asamblea Legislativa, que le primero que hicieron es plantear una interpelación contra el Canciller.
Así, otra vez más se desnudan las miserias bolivianas que primaron siempre en el conflicto con Chile. Al contrario, al otro lado de la frontera, Piñera recibió el fin de semana un apoyo unánime en su respuesta a la posición de Bolivia.
Columna publicada en La Razón
miércoles, 9 de marzo de 2011
A manera de despedida, el “enfoque real”
Rubén D. Atahuichi López
Una sala de redacción es casi parecida a una asamblea legislativa, con la diferencia de que en la primera el bien común es su interés esencial. Quizás los legisladores tengan el mismo sentimiento, pero –con las disculpas necesarias— son nomás lo que son, fichas en el afán de consumar réditos políticos en desmedro de otros.
Bueno, la idea no es hablar de los políticos, sino del papel de los periodistas en ciertas tareas y responsabilidades suyas, en este caso, en su actuación frente a lo que considero el “enfoque real”, que es la aproximación al hecho noticioso alejada de apasionamientos personales.
Todos los periodistas somos un sujeto político, con tendencias personales marcadas por cierto pensamiento político o corriente ideológica, o por su forma de entender el estado de las cosas. Nuestra percepción de los hechos tiene sustento en eso. Así, por ejemplo, unos consideraron a los hechos de octubre de 2003 como motivados por la “Bolivia bloqueadora” y otros, como una “protesta del pueblo contra el régimen de Gonzalo Sánchez de Lozada”.
Ahora, puede ser muy discutible esa percepción del enfoque real, conceptualmente hablando. Pero –pienso— implica una idea más cercana al tratamiento responsable de la información, que contrarresta al discurso de la objetividad (no, pues, es difícil llegar a eso, aunque es lo ideal) y se emparenta con el equilibrio.
Tratándose nuestro servicio de un bien social, creo firmemente que a la hora de escribir, tomar el micrófono o disponerse ante una pantalla de televisión, el periodismo debería apuntar a ese enfoque real, a contar los hechos tal como son, con la responsabilidad que exige la ética profesional y las técnicas esenciales del tratamiento de la información.
Así, por ejemplo, no concibo que ciertos medios se afanen en repetir y repetir una idea equivocada en sentido de que el general retirado de la Policía Nacional René Sanabria, un supuesto narcotraficante pillado por Estados Unidos en Panamá, sea “el zar antidroga de Bolivia”. Claro, la intencionalidad es sospechosa.
No es, pues, “el zar”, un actual funcionario policial al mando de la institución que lucha contra el narcotráfico. Es general en retiro, funcionario hasta hace poco del Ministerio de Gobierno y ex director nacional de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico.
Bueno, quizás se trate de un descuido, pero –créanme, puedo pisar la manguera de “bombero” esta vez— no es así, hay cierta intencionalidad, y política, lamentable. Un “descuido” no puede ser tan sostenido y recurrente; no responde al enfoque real.
Los enfoques entre un periodista y otro, entre un medio y otro, son siempre distintos. Hay siempre una manera particular de contar los hechos. La idea es que –por ejemplo, en una sala de redacción— ese enfoque sea de sentido común, en el afán de que el público sepa los hechos como son. Comprendo, es una tarea difícil.
Los periodistas deberíamos intentar siquiera ese propósito, por consideración con nuestro público, al que le hemos arrebatado el espacio de los medios haciéndole creer que estamos plenamente a su servicio. Claro que estamos a su servicio, y mejor sin apasionamientos ni la necesidad de forzar la información por cualquier interés que no sea el que sustenta nuestra convicción profesional.
Consideré hablar de esto al recordar varias discusiones periodísticas que tuve en Página Siete, cuando fui su jefe de informaciones. Lo escribo en homenaje al palo y la zanahoria que sentí cuando dejé esa redacción, aunque también acepté la invitación de siquiera seguir escribiendo esta columna.
Agradezco la oportunidad que me dieron en este espacio (hace dos semanas me invitaron a ocuparlo cada semana) y anuncio en estas líneas que estaré en otros lados.
Columna de despedida publicada en Página Siete
lunes, 28 de febrero de 2011
Evo y el punto de inflexión necesario
Rubén D. Atahuichi López
Los bolivianos nos habíamos acostumbrado a tantos dislates –en su mayoría verbales— del presidente Evo Morales, quizás sin resignarnos a perder la esperanza de que en el tiempo el hombre cambie.
Pues no cambió. Desde sus comentarios sobre las secuelas de la carne de pollo o las virtudes de la Coca-Cola en tareas del plomero, hasta el “gasolinazo”, que ha marcado un punto de inflexión necesario, que con el escrutinio del pueblo ha expuesto al mandatario y a su Gobierno a una situación política complicada.
Cuando todavía regía el incremento del precio de los combustibles, el 30 de diciembre de 2010, había escrito una columna que no fue publicada debido a la sorpresiva abrogación de la norma un día después. Decía en esa columna que Morales tenía la obligación de sustentar la “normalización de la economía” a través de la medida con una gestión pública más eficiente.
Ahora pienso lo mismo, aunque considero que el esfuerzo debería ser extremo, desde un cambio de actitud que tanto había reclamado. No fue suficiente, ni las propuestas planteadas por otros críticos y analistas de este proceso, como el colega Andrés Gómez, que la semana pasada escribió en sentido de que el proceso pide cambio.
Sin el ánimo de otorgarle razón a ciertos políticos de oposición o a algunos analistas, Morales y su administración han tenido, pues, una serie de errores, como lo admitió el vicepresidente Álvaro García Linera en relación al gasolinazo. Pero, pienso, el más grave error fue su confrontación permanente con los sectores de la empresa agropecuaria, de la que depende el 70 por ciento de la producción de alimentos en el país.
Menos mal que el Gobierno pretende dar un giro por lo menos en ese aspecto, que le ha obligado a buscar una alianza con los productores para garantizar la provisión de alimentos, comenzando por el azúcar. Sin embargo, los ímpetus no son suficientes, tendrá que empeñarse para superar un obstáculo que quizás no lo ha previsto: el respaldo popular.
En los últimos días salieron a la luz pública ciertas encuestas de opinión acerca de la popularidad del Presidente del Estado. Sin ser erudito en el tema, sinceramente no creo en los resultados, aunque admito que hay un descontento creciente en la comunidad respecto de Morales y su gestión.
El 67 por ciento de votación que el mandatario y su partido consiguieron en diciembre de 2009 ahora es sólo una estadística. Morales y el Movimiento Al Socialismo (MAS) ya no pueden jactarse de ese apoyo, que se ha reducido en los últimos meses debido a su gestión, su actitud todavía confrontacionista y su catarsis permanente respecto del pasado político del país.
Si bien no son tiempos electorales, el MAS debería sacudirse y entender que sus pretensiones políticas dependen del voto y la confianza de la comunidad. Y esa confianza ahora le exige una gestión más eficiente, más transparente y más complementaria con otros niveles de gobierno subnacionales. Que el neoliberalismo, que la derecha, que Estados Unidos… A seis años del mandato de Morales, esos pretextos ya no son tan creíbles.
El punto de inflexión que señaló el gasolinazo era necesario para desahuciar el tono, desnudar la soberbia, moderar el discurso y ajustar las políticas sociales y económicas de la administración gubernamental. Ese mayor empeño debería responder a las necesidades básicas, sin juegos políticos ni cálculos por un tercer mandato, que, saben Dios y la Pachamama, no sé si será posible.
Columna publicada en Página Siete
martes, 15 de febrero de 2011
Cossío, dime con quién andas y te diré quién eres
Rubén D. Atahuichi López*
¿A quién se le ocurre en la cotidianidad esconderse en la valijera de un auto? ¿Y si es para huir? ¿A alguien que quiere burlar la autoridad o a uno que pretende cuidarse de ella o los malhechores?
Al otrora gobernador de Tarija Mario Cossío se le ocurrió la idea, como sacada de una película, ayudado por sus amigos del otro lado de la frontera: un empresario rodeado de escándalos, un director de un diario que apoyó la dictadura de Alfredo Stroessner y otros dos políticos vinculados al general golpista Lino Oviedo.
Todo fue planificado desde la misma Vicepresidencia del Paraguay. Como antes en La Nación y el mensuario boliviano Día D, el senador liberal Alfredo Jaeggli no pudo guardarse el secreto (se jacta siempre de ser sincero) y contó a radio Erbol cómo Cossío dejó Bolivia y a cambio de qué.
El líder político tarijeño salió del país en la maletera del auto del empresario paraguayo Marcio Schussmüller la noche del 16 de diciembre. Horas antes, el vicepresidente Federico Franco se había preocupado por su amigo (lo conoció en 2003). Incluso, Jaeggli pretendió rescatarlo en su avión: “El vicepresidente Franco y Marcio me consultaron si yo podía ir a sacarlo de Bolivia. Entonces yo pensé tomar mi avión, entrar a Bolivia, rescatarlo a Mario (…). La idea era irme de contrabando, recogerlo y traerlo acá para su refugio”, confesó el legislador a Día D.
Franco, como Jaeggli, es allegado de Oviedo, quien ha sido responsabilizado en 1996 de un intento de golpe de Estado contra el presidente Juan Carlos Wasmosy del magnicidio del vicepresidente Luis María Argaña, casos por los que el militar fue condenado a diez años de presión. Entretanto, Schussmüller es un empresario cuestionado por una serie de actos, entre ellos el escándalo Kolping, referido al dinero de la cooperación alemana que desvió a la construcción de burdeles como “centros de capacitación”.
El cuarto en la lista de amigos de Cossío es Aldo Zucolillo, el director y dueño del diario ABC Color, que desde sus notas y editoriales impulsó la declaratoria de refugio a favor del gobernador suspendido. Sólo un dato sobre el hombre: “Éste será un gran diario al servicio de un gran Gobierno”, le dijo Zucolillo a Stroessner cuando comenzó a circular su diario.
Y si hablamos de la decisión del Consejo Nacional del Refugiado (Conare), entenderemos mejor el favor que en Paraguay le devolvieron a Cossío, quien –como contó Jaeggli— colaboró con el Partido Liberal Radical Auténtico a través del financiamiento de poleras, lapiceras y mucho más (¿Cómo entendemos que el ex diputado del MNR haya declarado en la Contraloría sólo 60.000 dólares si hasta es capaz de financiar campañas políticas externas? La diputada Aida Robles contó al periodista de Día D Rafael Sagárnaga que en el Conare había una decisión previa, que omitió adrede una consideración jurídica del caso del gobernador fugitivo. Y Jaeggli lo admitió, dijo que esa resolución fue más política que técnica.
Claro, y en Bolivia ciertos políticos pretenden hacernos creer que lo que le pasó a Cossío fue un acto democrático en contra de la dictadura de Evo Morales, como ya se animó a calificar Zucolillo en su periódico o Jaeggli.
Cossío tiene derecho a arrimarse a cualquier árbol. Lo que no nos contaron antes los medios en el país es que el hombre fue rescatado y acogido por políticos y empresarios que no tienen la altura moral de nombrar la democracia. Así, el ex gobernador –ya hay que decirlo así— responde a esa misma lógica ultraderechista que pregona democracia pero medra de ella.
*periodista
Publicado en Erbol
jueves, 10 de febrero de 2011
El ABC de la ultraderecha y políticos vinculados a la dictadura de Paraguay acogen a Cossío
Aunque en Bolivia la oposición de Evo Morales hizo propaganda con la decisión “democrática” para el refugio de Mario Cossío en Paraguay, políticos otrora aliados del ex dictador Alfredo Stroessner y empresarios de dudosa reputación rescataron y luego acogieron al gobernador suspendido de Tarija.
Esas conclusiones se derivan de una investigación realizada por el periódico mensual Día D y el periodista Rafael Sagárnaga, que relata desde cómo el político tarijeño abandonó el país hasta cómo consiguió su condición de refugiado en Asunción, a pesar de las 27 causas que las autoridades judiciales le siguen en Bolivia.
La trama tiene su origen hace varios años, desde tiempos en que Cossío fue presidente de la Cámara de Diputados en Bolivia, en el Gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, cargo desde el que se vinculó con políticos de ultraderecha de Paraguay, entre ellos el actual vicepresidente Federico Franco, entonces gobernador (2003-2008) del Departamento Central de Paraguay y miembro de la Zona de Integración del Centro Oeste Sudamericano (Zicosur).
Cuando Cossío huyó de Tarija, el día en que el Consejo Departamental le suspendió del puesto, quien se preocupó por él fue Franco, como el empresario Marcio Schussmüller, en cuya casa –ubicada en barrio residencial de Asunción— vive ahora el suspendido gobernador.
“El vicepresidente Franco y Marcio me consultaron si yo podía ir a sacarlo de Bolivia. Entonces yo pensé tomar mi avión, entrar a Bolivia, rescatarlo a Mario (…). La idea era irme de contrabando, recogerlo y traerlo acá para su refugio”, confesó a Día D el senador liberal Alfredo Jaeggli, el tercer colaborador de la ex autoridad.
Cossío no llegó el día de la suspensión a su casa, el 16 de diciembre de 2010. Desapareció inmediatamente después de abandonar la huelga que en defensa de su cargo sostenía con sus secretarios y otras autoridades departamentales. El relato de Día D dice que salió por la parte trasera de la Gobernación, apareció en los predios del Coliseo Cerrado de Tarija y tomó dirección a la “salida al Chaco”, hasta Bermejo.
De allí cruzó a Aguas Blancas (Argentina) acompañado de “dos uniformados de alto grado, uno de la Policía y el otro, militar del Ejército. También estaba por ahí un conocido diplomático argentino”, cita el periódico. A partir del lugar viajó a Paraguay en la “valijera” del auto de Schussmüller, contó Jaeggli.
En Asunción recibió el respaldo pleno del director del diario ABC, el de mayor tirada de Paraguay (32.000 ejemplares diarios). Aldo Zucolillo –que hace poco calificó de dictador a Evo Morales— impulsó desde los editoriales y las notas de página el refugio de Cossío, al que le dio amplia cobertura. Día D dice que el caso del boliviano ocupó en el mes que duró el trámite de refugio 26 noticias principales de tapa.
La deferencia con Cossío tiene mucho sentido. Jaeggli conoció a éste en 2008, cuando fue veedor del referéndum por el estatuto autonómico de Tarija, y reconoció que su amigo ayudó a su partido, el Liberal Radical Auténtico (PLRA), en las elecciones (en abril de 2008 hubo comicios presidenciales y noviembre de 2010, municipales). Mario “nos ayudó con camisetas, con lapiceras, financiando algunas cuestiones… Es normal, entre políticos nos ayudamos”, comentó sin desparpajo el senador.
Entre los antecedentes de Jaeggli se encuentran su abierta oposición a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA), que integran Bolivia, Ecuador, Venezuela, Cuba y Nicaragua. Además, en su país fue duramente cuestionado por ser defensor fervoroso del uso de transgénicos en la agricultura, la exoneración de impuestos a la importación privada de aviones o la idea de retirar de las calles a niños que se ganan la vida haciendo piruetas al paso de los vehículos. Día D recuerda que en 2004 el legislador pretendió facilitar el retorno de Lino Oviedo, un general golpista afincado en Brasil.
A Marcio Schussmüller se le conoce por ser “capaz de meterse en cualquier negocio”. En esa condición estuvo relacionado con importantes empresarios bolivianos en las ferias de Exposur, en Santa Cruz. También tuvo vínculos con Oviedo y siempre recuerda que fue “condecorado por el general Banzer” en 1997.
Fue develado por la revista alemana Spiegel, el 11 de agosto de 2010, como quien desvió fondos de la cooperación alemana destinados al proyecto Kolping. Dice que construyó burdeles que funcionaban como “centros de capacitación”, en ciudad General Oviedo. El diario ABC se hizo eco de la noticia, aunque nunca se refirió al hombre.
De entre todos, Zucolillo marca diferencia. El diario ABC recibió apoyo del dictador Stroessner. En agradecimiento, el director del diario le dedicó una frase célebre: “Éste será un gran diario, al servicio de un gran Gobierno”.
“La familia Zucolillo era parte del entorno de Stroessner. Su principal vínculo, Conrado Pappalardo, el cuñado, era ceremonial de Estado del dictador. En 1974 el hijo de Antonio ‘Tuco’ Zucolillo, Hugo Fernando, enlazó con la hija del dictador, María Olivia. Según documentos encontrados en los archivo del terror, Julio César Zucolillo, el otro hermano, era pyrague. Antonio Zucolillo fue designado embajador de Stroessner en Londres en 1980”, dice otra investigación periodística.
También fue socio del almirante argentino Emilio Massera (Massera & Asociados), célebre en la dictadura de Rafael Videla. Cuando en 1977 Massera visitó Asunción, el editorial de ABC lo llamó “ilustre visitante”, recuerda Día D.
Zucolillo presionó desde ABC por el refugio de Cossío. En la Comisión Nacional del Refugiado (Conare) había una mayoría ultraderechista, aunque la diputada Aida Robles, como miembro del ente, planteó su objeción a pesar de ser encomendada desde el Congreso Nacional para votar a favor del suspendido gobernador. Ella dijo a Día D que en el Conare ya había una decisión sin ninguna consideración previa del caso. “Ante esa decisión, yo solicité a los compañeros que no se tomara una decisión muy rápida, sin tener los conocimientos acabados de la situación”.
El día antes de la resolución de Conare, Día D habló con Jaeggli, quien, al considerar que ya existía una posición a favor del refugio, adelantó la renuncia de Robles, como ocurrió luego. “Todos los actos de los políticos, así como de los empresarios, son interesados. Los empresarios para ganar dinero y nosotros para ganar votos”, justificó el senador.
El 18 de enero de 2010, Cossío fue beneficiado con el refugio. “La Conare tomó la decisión por unanimidad, por fundados temores de persecución política" en Bolivia, expresó la senadora del oficialista Partido Liberal Zulma Gómez, quien, según cuenta Rafael Sagárnaga, casi le tira los papeles a la ministra de Transparencia de Bolivia, Nardi Suxo, cuando ésta quiso argumentar las razones por las que Paraguay no debía aceptar la solicitud del suspendido gobernador.
Cossío fue suspendido el 16 de diciembre de 2010 por la alianza de la Asamblea Legislativa conformada por el Movimiento Al Socialismo (MAS) y Poder Autonómico Nacional (PAN), que luego nombró en su lugar al asambleísta del MAS Lino Condori. El entonces gobernador fue implicado en el caso Imbolsur, de compra irregular de cemento asfáltico.
Nota del autor publicada en Erbol digital
martes, 14 de diciembre de 2010
El ser periodista
Rubén D. Atahuichi López*
Hace unas semanas, en el calor de las protestas contra la Ley contra el Racismo y toda forma de Discriminación, un colega, del que a estas alturas dudo de su convicción, escribió en su muro del Facebook esta frase: “Para que sus hijos no sólo vean Bolivia TV o lean Cambio (los medios progubernamentales, vamos a las firmas”. En mi indignación por esa campaña tan politizada, en vez de algo que podría haber sido sano, le respondí diciendo que mis hijos son bastante inteligentes para sopesar entre los medios de cualquiera de los frentes, que no necesitan una mentira para eventualmente cambiar de opinión.
Hace unos días, otro colega, Édgar Toro Lanza, se encargó de develar ciertos datos que me dejaron frío al leerlos: Humberto Vacaflor había sido apadrinado en 2009 por el susodicho a sugerencia de un tercero para el Premio Nacional de Periodismo. No es que entre colegas nos pisemos la manguera, lo cierto es que esa vez la propuesta fue muy cuestionada, a tal punto de crear divergencias en la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP), que al final dejó acéfala la distinción.
Seguro que muchos premiados de antes tuvieron muchos méritos para tan importante presea, como Huáscar Cajías (1994), Ana María Romero de Campero (1998) o Antonio Miranda (2005), por citar unos pocos. Algunos otros, no tanto, y otros, por sus años encima, como el último, Augusto Dávila. Claro, quizás buena parte por su gran trayectoria o trabajos descollantes en las redacciones, como muchos de las nuevas generaciones.
Uno piensa si hasta los pasados 70 años podrá hacer méritos para lograr siquiera la nominación. Y encima que, dentro de unas décadas, seremos muchos con esa edad, en cada generación, cada año... y si alcanzaremos. Pero lo de Vacaflor me hace pensar que no llegaré a ese privilegio, aunque, lo confieso, tampoco me lo propuse y ni me puse a cazar premios de manera oficiosa. O, al final, ni me corresponde.
Sin embargo, pienso que el periodista no busca padrinos ni premios. Su mayor premio debería ser la fe que la gente le tiene, por lo que es y por lo que hace en el ejercicio del “mejor oficio del mundo”, como diría Gabriel García Márquez. Uno es periodista por convicción, oportunidad o accidente.
¿Qué quiero decir? La sola responsabilidad que exige –y el privilegio que ofrece— el ejercicio del periodismo nos obliga a seguir con esa convicción, aprovechar por el bien común esa oportunidad y redimirnos con personalidad de ese accidente. Y, aunque parezca lírico decirlo, la única vía es hacer el mejor de nuestros esfuerzos para el ejercicio responsable del periodismo, como lo haría un plomero con una buena reparación de una tubería dañada, un trabajo diligente que satisfaga a su cliente, que lo califique ante sus pares o le reporte recompensas personales por una tarea honesta.
Si por azar o vocación estamos metidos en este oficio, nuestro trabajo tiene su destinatario insustituible de la información: el público (la ciudadanía o la sociedad). Así, ya no somos sólo nosotros buscando nuestros propósitos particulares; nos debemos a nuestros lectores, televidentes u oyentes, y para ellos no sólo nuestros esfuerzos, sino nuestros valores. “Al cumplir con nuestro oficio, no somos sólo hombres y mujeres en busca de escritos, sino también una especie de misioneros, traductores y mensajeros. No traducimos de un texto a otro, sino de una cultura a otra, para que se comprendan mejor y estén más cerca”, decía el gran Ryszard Kapuscinski.
Ése debería ser nuestro mayor premio.
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